domingo 5 de febrero de 2012

STANLEY G. WEINBAUM - Una odisea marciana (1934)


Conocí a este autor por una entrada en Facebook de José Joaquín Ramos. El editor de Alfa Eridiani pedía adhesiones para la publicación de las obras de Weinbaum. ¿Y quién era? (Qué le vamos a hacer, yo sí reconozco mi ignorancia). Lo busqué, encontré su biografía y el artículo que Isaac Asimov escribió sobre él. Me pareció interesante, sobre todo el que hubiera sido un innovador, un tipo capaz de hacer algo “distinto”. Asimov lamentaba su muerte prematura (casi siempre lo es) y señalaba la importancia de su relato “Una odisea marciana” por la sencilla razón de que Weinbaum había descrito por primera vez a unos alienígenas inteligentes pero cuyos parámetros mentales discurrían por otro lado. Ya no se trataba, decía, de humanos o humanoides de distintos colores, como Burroughs, sino de seres totalmente diferentes.

Enseguida encontré la obra, la descargué y le di el formato para mi papyre. Asimov tenía razón. La historia era el relato de un explorador humano en Marte, que perdido por un fallo mecánico, tiene que andar para encontrarse con su equipo. En esa “odisea” encuentra un ecosistema muy peculiar, con césped que se mueve para dejarle paso, una alimaña telépata que embauca a sus víctimas, un animal-roca que construye pirámides y una colonia de seres raros, muy raros. Pero el personaje más característico es una especie de avestruz, con el que nuestro humano consigue comunicarse gracias a que el bicho entiende el significado de algunas de las palabras en inglés que le suelta. El comportamiento del avestruz es curioso, gracioso en ocasiones, inteligente siempre.

La historia no tiene un argumento; es decir, no desarrolla un relato, sino que su magia está en los encuentros que tiene el humano. Weinbaum lo tituló perfectamente: es una odisea en la que lo importante es el viaje, lo que se descubre, conoce y aprende, los personajes con los que se topa.

Frente a este relato intemporal, muy bien construido y contado, está la escenificación de cómo lo cuenta el protagonista. Los personajes humanos son prototipos, muy americanos, incluso en los tópicos del francés que los acompaña. Sus diálogos son demasiado forzados, cuadrados, en los que todo es brillante, tanto la pregunta como la respuesta, lo que le quita un poco de realismo. En esto me ha recordado, por ejemplo, los diálogos de la excelente película The Thing (que llevó a la pantalla el relato de Campbell) y el libro de Scalzy, La vieja Guardia.

Aun así, la lectura de este relato largo es imprescindible para cualquiera que quiera tener una buena perspectiva de la ciencia-ficción.

domingo 22 de enero de 2012

MICHAEL MOORCOCK - He aquí el Hombre (1966)


Decididamente, no es el mejor libro para regalar a un niño el día de su Comunión. Es más; he retrasado la publicación de este comentario unos meses debido a que caía en Navidad. He querido ahorrarme malos entendidos y comentarios maliciosos. Y es que el tema de He aquí el Hombre, de Michael Moorcock, es Jesucristo.

Hacía tiempo que quería leer algo de Moorcock, desde que quedé fascinado por los escritores británicos de los sesenta. Ese mundo londinense imaginado, gris, hippy, de fumetas desastrados pero brillantes, me hacía gracia. Moorcock era además el prototipo: proveniente del fandom, anarquista, editor de New Worlds y ejemplo de la New Wave. El problema era que Moorcock se había dedicado a la fantasía después de unos escarceos en la ciencia-ficción. Sólo quedaba Behold de Man (He aquí el Hombre), que fue premiada en 1967 con el Nébula.

El personaje central es Karl Glogauer, un pobre hombre, huérfano de padre, con una infancia traumática, que crece convencido de que merece el sufrimiento y el desprecio. El tipo va apartando de su vida lo bueno porque piensa que no lo merece, y vive en una constante ansiedad porque quiere complacer a los demás. Karl está enganchado a la obra de Carl Gustav Jung, el padre de la psicología profunda y de la psicología de los complejos, que aunque le da algo parecido a una cosmovisión, le sume más en la espiral de sufrimiento.

Moorcock, además de reírse de la moda del psicologismo, construye la historia de una paradoja con tinte tan religioso como irónico: un hombre viaja en el tiempo para conocer a Jesucristo y dar así significado a su vida –la religión, dice, es el último refugio del miedo-. Karl es recogido por los esenios, una secta judía dirigida por Juan el Bautista, que prepara un levantamiento contra los romanos. Es la época de Tiberio. Lo que Karl encuentra es sorprendente: nadie conoce a Jesús de Nazaret, y las peripecias para encontrarlo se van pareciendo a los relatos de los Apóstoles en el Nuevo Testamento.

Finalmente, Karl encuentra a Jesús, y casi es mejor que no lo hubiera hecho: es un bastardo retrasado mental y ladrón, María es una adúltera, y José un mal carpintero que vive cabreado con el mundo. Es entonces cuando Karl asume el papel de un Jesucristo filósofo, psicólogo y político. Moorcock recrea la historia del camino a la Cruz como una sucesión de interpretaciones erróneas, leyendas y mentiras. Por ejemplo; es Karl/Jesús el que busca a los apóstoles entre sus seguidores, y los escoge sólo por el nombre para que coincida con el relato de la Biblia.

Si Moorcock hubiera escrito esto en el siglo XVI lo hubieran quemado en la hoguera de la Inquisición. El tema es hoy algo trillado, pero es un buen libro que cuesta dejar. Moorcock sabe mantener al lector a la expectativa hasta el final porque, aunque es evidente que Karl acabará en la Cruz, también da la sensación de que puede pasar cualquier cosa. No sé si la lectura de He aquí el Hombre puede cambiar la fe de alguien, pero estoy convencido de que es útil para un ejercicio mínimo de reflexión o iniciar una buena conversación. 

sábado 31 de diciembre de 2011

EDGAR RICE BURROUGHS - Una princesa de Marte (1917)


Esta es una de esas novelas que no tenía pensado leer. Edgar Rice Burroughs, el autor, fue el creador de Tarzán, un personaje por el que tengo cierta simpatía pero que me genera una sensación tan incómoda como entrañable, con muchos recuerdos de la niñez –mi abuela me regalaba unos cómics de una imitación cañí llamada “Tamar”, pero eran fantásticos-. Quizá esto se deba al destino cruel de Johnny Weissmuller. A la vez, la edición española de Una princesa de Marte era de lo más ochentera que había visto: la portada luce a una chica sensual con un traje de las 1.001 noches. Para esto ya había leído todos aquellos cómics de la editorial Toutain.

¿Por qué, entonces, comencé a leerlo? Me pilló en un mal momento. Se me había atragantado El mundo invertido, de Christopher Priest. Estaba harto ya casi a la mitad del libro de que contaran detalladamente cómo la ciudad avanzaba por los rieles. “No desesperes, ya pasará algo”, me decía, pero ¡no pasa nada! Lo mismo el final es trepidante, pero el libro se me caía de las manos –lo que es un problema, porque es un ebook y se rompe-. Mientras leía El mundo invertido pensaba “Tengo que encontrar algo que me enganche”. Y entonces vi un tráiler.


No me puedo resistir al noble ejercicio de novela y película. Fue un acierto. El libro de Burroughs no te deja tranquilo ni un segundo. Ya sé que suspendería el test científico, pero me importa un pepino. La historia tiene garra cinematográfica porque el ambiente y los seres son espectaculares. El libro empieza con el relato del sobrino del capitán John Carter, el protagonista. Su tío había sido militar de la confederación en la Guerra de Secesión en Estados Unidos. Era un tipo solitario que les visitaba de vez en cuando, que desdeñaba a toda la familia menos a él. Por eso, cuando murió le dejó un manuscrito. En aquellas hojas estaba el fantástico episodio que había marcado su vida.

El viaje de John Carter a Marte se produce en una cueva, sin explicación alguna, salvo la presencia de los restos de una bruja; pero Burroughs pasa de explicar nada más. Me ha recordado a Leigh Brackett y su saga de Marte, porque la influencia, que ella nunca ocultó, es más que evidente. A partir de ahí las aventuras se suceden, aparecen las distintas razas marcianas, el paisaje desértico, los animales imposibles, las ciudades con ese aire árabe tan característico del pulp de aventuras de la década de 1930, con ese aire a lo Robert E. Howard, y la acción, mucha acción.

La chica, Dejah Thoris. Bueno. Después de leer los comentarios, tampoco es que destile una sensualidad irresistible. Que va ligera de ropa, medio desnuda, vale, pero de ahí a que casi algunos hablen de ella como si se tratara de una novela erótica encubierta media un abismo. La trama no tiene nada de especial: superhéroe en un mundo de tribus marcianas sobre las que se impone por sus dotes estratégicas y físicas –el ser un humano le da ventajas por la gravedad-. El juego de poder que Burroughs describe responde a la mentalidad occidental de principios del siglo XX respecto a las tribus africanas –ay, Tarzán-, y las batallas son de corte medieval. Esta combinación, junto al espectáculo marciano, es perfecta para el cine.

La clave de la vida en Marte reside en una civilización anterior, desparecida cuando llega Carter, que creó un sistema para que hubiera atmósfera respirable en el planeta. Por supuesto, el secreto, el conocimiento científico, es un tesoro que sólo se lega de persona a persona. El problema está cuando el guardián de la máquina, que es quien la hace funcionar, muere sin sucesor. Hasta ahí puedo contar.

El estilo es típico del pulp, en el que el “Continuará” está presente capitulo a capítulo, e incluso al final del libro, que termina pero deja la puerta abierta a nuevas aventuras, como así fue. ¿Que si voy a seguir la lectura del segundo volumen? De momento, no. Leí después a Stanley Weimbaum, un autor maravilloso del que ya hablaré, y ahora voy a empezar a Thomas M. Dish. A mí sí que me esperan nuevas aventuras.


domingo 25 de diciembre de 2011

CORDWAINER SMITH - En busca de tres mundos (1966)

Lo que me gusta de Cordwainer Smith es la capacidad para imaginar mundos que se salen del tópico de la ciencia-ficción, y especialmente la carga filosófica tan positiva que tienen sus relatos. Destilan un gusto por la vida que me ha llevado siempre a terminar sus relatos con su sonrisa. Pero es que el tipo me cae simpático por su trayectoria vital y profesional, como no podía ser de otra manera. También por esto intento siempre buscar paralelismos con su experiencia en China. 

En busca de tres mundos es una novela que no tiene la fuerza o la frescura de Norstrilia; es más, es preciso leer este última antes de adentrarse en los avatares de Casher O'Neill, el protagonista del libro que ahora comento. Es la historia de una búsqueda equivocada de la venganza. La acción se sitúa en el Segundo siglo de Redescubrimiento del Hombre; es decir, que los nombres, los idiomas y las costumbres se toman del pasado. Casher es sobrino del que fue dictador de Mizzer, el planeta de arena en la triada de Cordwainer, que ha sido derrocado por otro tirano. Y como si fuera un viaje de experimentación, Casher va a cada planeta para conseguir un objeto con el que retomar el poder en Mizzer. En cada planeta tendrá que superar una prueba que le enseñará lo erróneo que es desperdiciar la vida buscando venganza. 

Las subpersonas son esos individuos modificados para contener en un sólo ser a un hombre y a un animal. Esta mezcla les hace moral y filosóficamente superiores, y son los que hacen ver a Casher lo equivocado que está. En Pontoppiden, el planeta de las gemas, conoce a una mujer-perro que le dice que hasta que no deje de buscar venganza, no será feliz. En Henriada, el planeta de las tormentas, una subpersona tortuga llamada T'ruth (nótese el juego de palabras con "truth", "verdadero" en inglés) le enseña que la libertad consiste en averiguar qué somos y cumplirlo. 

Los acontecimientos llevan a que T'ruth, con un gran poder de telepatía y una enorme inteligencia y poder de empatía- sea impresa en la mente de Casher. Así vuelve a Mizzer, siendo otro hombre. Cordwainer introduce aquí un elemento religioso: las palabras de Casher son propias del cristianismo antiguo. El Signo del Pez y un "hombre sufriente clavado en dos maderos". La liberación de Mizzer se produce entonces sin derramamiento de sangre, solamente porque Casher consigue cambiar la mente de su tirano. Sin embargo, el camino no ha terminado. Rechaza el poder y viaja hasta la ciudad perdida, donde al fin, Casher comprende el sentido de la vida -que en este caso no es 42-, sino tener placeres simples y limpios, y sólo aquellos vicios que ayudan y estimulan. 

Pero Cordwainer Smith no tenía suficiente con más de trescientas páginas de ideas y personajes, de filosofía y religión, sino que remata con un cuento sobre la respuesta de la Instrumentalidad a un informe de Casher y Celalta -su compañera-. Tres personas modificadas en artefactos llegan al Tercer Planeta  (¿La Tierra?) de un sistema solar dominado por antropófagos y homicidas. Y cuando someten el planeta, de uno sale un hombre llamado Alan (¿Adán?), de otro una mujer llamada Ellen (¿Eva, Eve en inglés?) y del tercero sale un alma, para fundar una colonia humana. En fin, el Génesis bíblico. 

En fin, una novela sorprendente, sin ser la mejor de Cordwainer Smith, pero que engancha por el trasfondo filosófico. 

domingo 27 de noviembre de 2011

EDWARD LEE - La ciudad infernal (2001)



No he perdido el gusto por ir a "cazar" libros. He soñado muchas veces con un barrio repleto de libreros de viejo, con tiendas llenas de estanterías que rebosaban libros; pero usados o de saldo, de esos que valen cuatro perras. Son sueños fantásticos e inquietantes. Estoy en el centro de Madrid, todo me es conocido, pero una vez que despierto y lo racionalizo, me dio cuenta de que nada de lo que he visto existe: ni los libros, ni las librerías, ni las casas, ni siquiera las calles. El asunto me inquieta. A veces he soñado con álbumes de Tintín que nunca han sido publicados y pienso “Éste me falta”. La única solución que he encontrado es seguir yendo de “cacería”. Pero no voy a esas grandes superficies tipo Casa del Libro o Fnac; no, prefiero las de saldo. No tiene gracia ir a un establecimiento donde sé qué voy a encontrar: las novedades y el fondo editorial más reciente. Me encantan las casualidades, las sorpresas y los descubrimientos. Proporcionan un placer muy particular. Miro, busco, desordeno, incluso buceo en grandes cajones hasta que encuentro un libro usado o saldado que me llama la atención. Enseguida establezco una relación rara, infantil ya lo sé, como si ese ejemplar hubiera tenido una trayectoria larga, una vida, para finalmente caer en mis manos. Esto no lo puedo hacer con frecuencia. Para que esta experiencia sea posible tengo que dejar bastante tiempo entre “cacerías”.

Hace unos meses fui a una librería de saldo. El nombre no me sale nunca a la primera. Siempre me sale “bookstore”, pero es otro. Está en una calle bastante concurrida y ancha, tanto que en verano las mesas del bar de al lado casi se meten dentro de la tienda. En realidad los tipos no son libreros. Lo mismo te venden un Vargas Llosa que te pondrían servir un Martini. Pegadas al escaparate suelen tener cuatro o cinco expositores enormes con libros de todo tipo. Algunos son ridículos y pretenciosos, otros prometen hacerte rico o convertirte en adivino, pero normalmente tienen dos tipos de libros saldados que me encantan: los de ciencia-ficción y los de historia. Son esos mismos libros que el año pasado costaban más de 20€ y ahora apenas llegan a cinco. En esta ocasión flipé, había de todo, y además, como he adquirido el vicio de hacer fotos de cualquier cosa que me parezca interesante, no perdí la ocasión de tomar unas cuantas instantáneas.

Tenían una colección enorme de libros de Star Trek que no había visto en mi vida ocupando una pared y, cómo no, el saldo habitual de La Factoría de Ideas. Un poco antes había disfrutado de El mar de madera, de Jonathan Carroll, y allí estaban otras obras suyas. Pero buscaba algo distinto, original, diferente a la típica ciencia-ficción o fantasía, y vi algo que me pareció raro y atractivo: La ciudad infernal, de Edward Lee. ¡Eureka!, como diría el clásico, lo había encontrado. 

El libro comienza de una forma bastante atractiva. Combina la historia de dos gemelas con los casos de gente que vive en Mefistópolis, la ciudad infernal. Las gemelas son muy distintas, claro está. Una es depresiva y ha pasado por un tratamiento psiquiátrico. La otra es una lasciva, virgen aún, que se suicida cuando encuentra a su hermana, la psicótica, enrollada con su novio. El padre de las gemelas es un millonario divorciado que se retira al campo para estar con su hija, la pirada, y rehacer sus vidas. Es muy importante señalar que la chica, que se llama Cassie, es gótica; es decir, le va el rollo del terror, el gore y la música tipo Marilyn Manson.

La casa que compran en el campo, como no podía ser de otra manera, fue el escenario de ritos demoníacos. Es curioso como el terror norteamericano recuperó el escenario típico del terror gótico del XVIII y XIX, el castillo o la mansión, y lo transformó con su visión burguesa de la existencia, para situarlo en la casa de campo o el típico chalé adosado. Pensemos en dos clásicos, La casa infernal (1971), de Richard Matheson, o Poltergeist (1982), de Hooper y Spielberg, o en una serie como American Horror Story (2011). Y todo por no remontarnos a La casa en el confín de la Tierra, de Hodgson, o El caso de Charles Dexter Ward y otros cuentos de Lovecraft. En la casa de campo del libro de Edward Lee hubo un tipo que se dedicaba a secuestrar mujeres para tener hijos con ellas y sacrificarlos al demonio. El edificio está a las afueras de un pueblo perdido para la civilización, donde dicen cosas como “¿Cuálo?” y en el que el matón del pueblo es el más gañán. Es más; hay gente tan variopinta, que Cassie, la gótica, se encuentra con tres punkies. Pero no son tres punkies cualquiera: están muertos y se la llevan a Mefistópolis, la ciudad infernal, que justamente está al lado de su casa, pero en otra dimensión.

Mefistópolis está pensada para ofender a Dios, así que vive en “demonocracia”, la magia negra ocupa el lugar de la física y la química, y el terror sistemático sustituye a la caridad o la buena voluntad. En la ciudad viven genocidas conocidos, lo que me ha recordado A vuestros cuerpos dispersos, de Philip J. Farmer. Lucifer vive en el edificio “Mefisto”, con 666 pisos –claro-, y al que atacan unas “milicias revolucionarias” dirigidas por Ezoriel, que fue mano derecho del mismo Satán. En Mefistópolis no hay electricidad, sino “agonicidad”; es decir, consiguen la energía a través de los gritos de agonía –como en Monstruos S.A., de Disney-.

La historia es interesante cuando la chica y los tres punkies se mueven por la ciudad, pero va adquiriendo un tono adolescente que hace sonreír; especialmente cuando Ezoriel se quita el casco y es igualito, igualito a… Brad Pitt. En fin. Y mucho sexo. Incluso hay un tipo al que matan a polvos. Literal.

Terminé el libro en un viaje en tren de Murcia a Madrid, al tiempo que escuchaba un disco fantástico de Sole Symphony. Disfruté. Eso sí, advertencia, el libro es el primero de una saga.

martes 15 de noviembre de 2011

KURT VONNEGUT - Las sirenas de Titán (1959)


¿Cómo nos afecta la lectura del libro de un autor amargado? No deja buen poso. No me refiero a que obligue a pensar al lector sobre lo sucio que es todo, porque no hace falta más que salir a la calle o escuchar un informativo. Hablo de un acto íntimo como es el de la lectura, de la absorción de los sentimientos agrios del autor durante los días en los que recorremos las páginas de la novela. Y es especialmente significativo cuando se trata de un texto que escogemos para llenar nuestro espacio de ocio, divertirnos, alejarnos de la dureza cotidiana y disfrutar. Era consciente de esto antes de adentrarme en la obra de Kurt Vonnegut. De hecho, tengo en mi casa Matadero Cinco durmiendo el sueño de los justos desde hace años.

La verdad es que no debió serle fácil a Vonnegut, hijo de alemanes, vivir en EEUU en el periodo de entreguerras. Sin jugar a ser psicólogo, no es difícil aventurar que es probable que Kurt guardara desconfianza y recelo, un enorme desprecio por el género humano, y muchas ganas de revancha. Quizá por eso se alistó en el ejército para participar en la Segunda Guerra Mundial. La experiencia tuvo que ser terrible: participó en la batalla de las Ardenas, fue capturado en diciembre de 1944 y llevado a Dresde, que fue bombardeada por norteamericanos e ingleses. Sobrevivió en un sótano, mientras en la superficie la temperatura llegaba a los 1.000º C.  Luego los alemanes le encargaron de la recogida de los cadáveres. El regreso a EEUU tampoco fue fácil –en realidad nada lo es-, y tras un amargo paso por la Universidad de Chicago se dedicó a escribir. Es un lugar común recordar que Vonnegut negara sistemáticamente que fuera un escritor de ciencia-ficción. Da igual. Lo cierto es que utilizó el género para criticar duramente a la sociedad de su tiempo y al Hombre. Esto se ve en Las sirenas de Titán.

Vonnegut tenía un muy bajo concepto del ser humano, y el resultado es una novela amarga, con 588 páginas de sarcasmos (o las páginas que sean en tu formato para ebook), donde las personas no valen nada, y la gente se mueve por ambición, venganza o fanatismo. La decepción y el fracaso envuelven a los personajes, que acaban por ser traicionados por otros. Todos parten de una infancia o una juventud cargada de ilusiones, de bondad, pero la madurez, el contacto con la sociedad, los convierte en egoístas, hedonistas y despreciables.

La historia gira en torno a tres personajes: Malachi Constant, Beatrice y Rumfoord. El primero es el hijo inútil y volcado a los vicios de un padre al que apenas conoció y que consiguió su fortuna por azar, de una forma ridícula, no por el trabajo o la inteligencia. Es otra crítica social: el rico por casualidad es un ocioso. La segunda, Beatrice, es una aristócrata en el peor sentido de la palabra: altiva y ridícula, cuya mejor etapa fue su infancia –representada por un retrato con un caballo blanco- que fue obligada a casarse con otro millonario, Rumfoord. Este último es el malvado de la novela. Su fortuna le permite viajar en el tiempo y a otros planetas, lo que le convierte en un “ser superior” para la gente. Su ambición y deseo de venganza le llevara a manejar a la Humanidad, ya sea en su vida privada, o con la guerra y la religión. Así, Vonnegut no deja títere con cabeza: critica el dinero, pero también a todos los grupos sociales, sus valores y creencias, mostrando un enorme desprecio por el género humano, como en el episodio de la vida en Marte, que es muy de la época en la que fue escrita la novela, y en el que se muestra el manejo de la gente como si fueran máquinas de trabajo y guerra, y su sacrificio inútil.

La clave está en Titán, donde están las tres sirenas, que no son más que tres esculturas. Allí vive Rumfoord, con su perro Kazack y un robot procedente de otro planeta. En esta relación está todo el misterio que encierra la novela, y que da sentido a la vida de los personajes y en realidad de la Humanidad entera. Incluso la misión del robot, estrellado en Titán, y que guarda un mensaje secreto para el Hombre, se revela como absurda. Es como la respuesta de Pensamiento Profundo a la pregunta sobre el sentido de la vida, “42”, y la construcción de la Tierra para dar una respuesta más acertada, pero sin la gracia que pretendía Douglas.

El eje de la novela es lo absurdo de la existencia y, en consecuencia, lo insignificante de la vida humana, de sus sentimientos, pensamientos y aspiraciones. Vonnegut intenta mostrar la banalidad de la vida de unos millonarios, su estupidez e inmoralidad, al tiempo que hace lo mismo con el resto del género humano: manejables, ignorantes, mezquinos, salvajes e idiotas. No sólo el dinero es producto del azar y del engaño, sin ningún valor en sí mismo, sino también las religiones. Rumfoord, un millonario egocéntrico y ambicioso, inventa una Iglesia, la Iglesia de Dios el Absolutamente Indiferente. Porque Vonnegut deja ver que en el caso de que Dios exista pasa de los humanos, de sus plegarias, obras y guerras. La existencia, la vida en sí misma es un absurdo. Y para que quede claro, llena su novela de sarcasmo, y cuenta que toda la historia humana ha estado dirigida para que alcanzar un nivel de desarrollo tecnológico adecuado para llegar a Titán. No diré por qué.