domingo 15 de noviembre de 2009



Whitley Strieber, 2012. La guerra por las almas, 2009 (2007).



Busqué en Internet el tema del fin del mundo relacionado con el año 2012. Craso error, como diría el otro, a no ser que uno quiera encontrar una serie continua de desvaríos que mezclan el cambio climático con una invasión extraterrestre, el origen de la humanidad, las pirámides, un gobierno mundial, el sionismo, el “neoliberalismo” (ese fantasma que recorre el mundo mundial), la hipocondría por la gripe A, Nibiru, y no sé cuántas gilichorradas más.



La más curiosa de todas es esta última, la de Nibiru o Planeta X (prefieren llamarlo “Nibiru” porque lo de “Planeta X” parece el nombre de un club de alterne). Se trata de un planeta que está fuera del Sistema Solar, en una órbita gracias a la cual cada 3.600 años pasa por aquí (sí, por tu barrio). El caso es que la primera datación es de lo sumerios que, según los creyentes (o crédulos), lo llamaron Marduk, que era el dios creador de su panteón. Vale. Pero es que Nibiru es un planeta habitado por unos seres alados, medio lagartos, llamados Annunaki, que en su paso en el 5.200 a.C. por aquí (sí, sí, por tu barrio), decidieron dotar de inteligencia a unos monos para convertirlos en sus sirvientes. Esto me suena tanto a Clarke, Niven y compañía, bueno, cuántos recuerdos. En fin, el caso es que los mayas (nada que ver con Apocalypto, no, no, no), echaron sus cuentas y dijeron: Nibiru vuelve en el 2012, y trae el fin del mundo. Aquí ya hay variaciones, o zonas oscuras en la historieta. Por un lado, unos dicen que se producirá el choque y se acabó. Otros, que se abre una puerta que comunica ambos mundos, a lo Stargate; es más, es que parece ser que Stargate se inspiró en esto.



En esto llega el bueno de Whitley Strieber y hace un cóctel con cada una de las partes, lo mezcla (no lo agita, Bond), y ya tenemos 2012: The War of Souls, que en España la editorial Minotauro ha decidido titularlo sólo como 2012 y basta. Debe ser que lo de “almas” les ha parecido un atentado a la epidermis laica. Papel de fumar, mucho papel de fumar. Porque Strieber no sólo es un escritor de best-sellers sino que es además un hombre religioso, conservador e individualista, y esto lo muestra en el libro de una manera indubitable.

La historia que cuenta Strieber es la de los últimos días de la Tierra, o al menos de una de las Tierras del multiverso. El caso es que existen tres Tierras en tres universos paralelos, comunicados por puertas. Dos de ellos están habitados por humanos y uno por lagartos humanoides –tipo serie V-. La mitología sumeria, así como la egipcia y maya no aparecen en la novela más que como atrezzo, mientras que la cristiana, muy vinculada a las primeras, está omnipresente. Es como si el Antiguo Testamento fuera desvelado por la concurrencia de las tres Tierras y la existencia de puertas entre ellas. Ángeles, demonios, cielo e infierno quedan explicaditos, pero a un nivel muy básico, casi naíf, sin que Strieber profundice.

Además, por si fuera poco con la traslación del mundo friki, apocalíptico y multiverso, Strieber juega con la historia alternativa. En la otra Tierra habitada por humanos el mundo contemporáneo ha marchado por otros derroteros, sobreviviendo los imperios decimonónicos en un típico status quo anterior a 1914. De esta manera, ese otro terráqueo desconoce lo que ha pasado en nuestra Tierra. Y es entonces cuando el Strieber recuerda a Heinlein, y le hace decir a uno de los protagonistas que intenta explicar nuestro siglo XX: “El comunismo fue el azote de nuestro mundo durante sesenta años. Costó mil millones de vida, y las guerras mundiales otros quinientos. Fue una carnicería”. Aunque Strieber le haya puesto un cero de más a las cifras, deja clara su filiación, hasta el punto de no ocultar que el fascismo procede del socialismo.

El personaje central es un escritor que vive en nuestra Tierra, cuyo nombre es un juego de letras con el de Strieber (que nos hemos dado cuenta, hombre). Quizá esta sea la parte más incomprensible del libro, porque hacia la mitad del mismo, lo que parecía un hombre tímido, apocado, medio trastornado, calzonazos incluso, que escribe para pirados, se convierte en la versión intelectual y visionaria de Chuck Norris.

La novela está bien. Se lee con mucha facilidad, y destila tanta ironía como argamasa de guión cinematográfico. Iré a ver 2012, la película, aunque no tenga (casi) nada que ver con el libro, como en su día vi la adaptación de una de sus obras, El día de mañana, con un toque ecoprogre muy acorde con el mentalidad occidental actual.

domingo 8 de noviembre de 2009

Karel Capek, La guerra de las salamandras, 1981 (1936).


Saqué el libro con cariño. Soplé el lomo para quitar la capa de polvo y lo abrí. Dentro había un billete de metro fechado en 1985. Tenía entonces diecisiete años; unos meses después cambiaría mi vida para siempre. En aquellos días de instituto ese libro de Čapek  no me gustó. Era la segunda vez que intentaba leerlo. Pertenecía a la misma estupenda colección que La guerra de los mundos: el Club Joven, de Bruguera. El libro no era lo que yo esperaba, por lo que no debía ser el momento para leerlo –creo firmemente que cada obra encaja en nuestra vida justo cuando es su momento-. Recuerdo ir leyéndolo en el metro, en la línea 2 ó 3, agarrado a una de esas barras blancas que cruzaban el cielo del vagón, siempre húmedas, con mi pulgar violentando el libro, apretando para evitar que las hojas se despidieran y que el traqueteo del tren no obligara a las letras a bailar en exceso. Sí, lo recuerdo, y entonces no me gustó.



En aquellos días cobré gran fascinación por los autores checos. Me duró un par de años. Leí a Kafka demasiado seguido. Ahora no puedo distinguir El castillo de K, ni éstas de El Proceso. Quizá tampoco tenga mucha importancia. También me sumergí en La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y salvo el sexo y los tanques no recuerdo gran cosa. Pero esto lo achaco a la edad; a la que tenía entonces, claro. Con su Mayo parisino, las fotos del Che, la sexualidad sencilla, la vuelta a la naturaleza, el rechazo de toda autoridad y toda norma, los disfraces de revolucionario, las drogas, el dinero de papuchi, las comunas efímeras y el citröen Dos Caballos esa generación del 68 prolongaba la adolescencia irresponsable, sin deberes ni compromisos, y aprovechaba todos los derechos de la sociedad que rechazaban ¿y a quién no le gusta esto?



Porque no sólo estaban París y su barrio latino, la gauche divine y la boheme, sino que también se había rebelado gente al otro lado del Muro: los checos. Había que ir a Praga, y recorrer sus avenidas. Leí un ensayo de Teresa Pàmies sobre la capital checoslovaca, una exiliada comunista en aquel país. Era un recorrido por la historia de la ciudad, sus calles y edificios, pero sobre todo se trataba de la memoria de una soviética empeñada en trasmitir su mensaje sobre lo que sería la civilización única del futuro. A los cuatro meses de terminar la lectura de la obra de Pàmies, los alemanes derribaban el Muro de Berlín.


En esos años de fascinación por lo checo que me llevaron a visitar no sólo Praga, sino la zona de Liberec y Jablonec, el que más me gustó fue Jaroslav Hâsek y Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, aquel ácrata caradura, bebedor, fornicador y sinvergüenza. ¿Cómo no me iba a impactar a esa edad un personaje de esa calaña? Asimilé las vivencias y la personalidad de Schwejk como si fueran propias. Recuerdo que sí encontré allí referencias callejeras y culturales a Kafka y Hâsek, no en vano este último había sido un redomado comunista, a pesar de que fundara en sus años mozos un partido llamado jocosamente “Partido del Lento Progreso Dentro de los Límites de la Ley”. 


Esos dos autores sí, pero lo de Čapek  era imposible. Un hombre que se había burlado de los totalitarismos, enfrentándose a los nazis cuando éstos pactaban con los soviéticos la invasión de Finlandia y Polonia; en definitiva, un luchador por la democracia, era lógico que faltara en las “librerías” checas. No obstante, he de reconocer que cuando leí La guerra de las salamandras no vi nada de eso. Me derrotó en el metro y lo dejé pendiente. Se convirtió en una de esas lecturas que se posponen para algún día. Y lo hice. Cumplí. Descubrí entonces todo lo que el tono irónico de Čapek  escondía. Pero ya he escrito sobre esto. Hice una reseña para Libertad Digital. Este es el link.

http://libros.libertaddigital.com/salamandras-fascistas-1276236787.html

domingo 1 de noviembre de 2009


Alfred Bester, Las estrellas, mi destino, 2009 (1956).

En mi proyecto de leer lo mejor de la CF había incluido este libro de Alfred Bester. Estaba en las listas que consulté, pero algún comentario que leí me echó para atrás. Un espabilado que había hecho una sinopsis decía que era la historia de un hombre encerrado en un cubículo espacial, y que para salir de su situación imaginaba viajes. Evidentemente, aquel tipo haría bien en dedicarse a otras labores. La claustrofobia que me generó aquel resumen no me invitaba a leer el libro. Luego vino el lío del título; que si Tigre, tigre, que si Las estrellas, mi destino. En fin, un gilichorrada de la que me sacó la versión de bolsillo (y tanto) que ha sacado Gigamesh. Desde las primeras páginas me llevé una doble alegría: el nanotamaño de la letra del libro demostraba que no había perdido vista y, albricias, se trataba de un relato magnífico.

Las estrellas, mi destino es una reflexión sobre la venganza, el pecado y el perdón. Y a mí me encantan las historias en las que el protagonista surca el relato buscando vengarse (¡Qué le vamos a hacer! He nacido aquí). Pero como dice Gully Foyle, el Tigre: "La venganza es para los sueños..., no para la realidad" (p. 173). Foyle busca vengarse y lo intenta de forma ciega, pasional, a lo bruto. En la cara le aparece un tatuaje que le da aspecto felino cada vez que pierde el control, cada vez que las emociones dominan a la razón. Foyle impone la consecución de la venganza a cualquier otra cosa, y comete tantos errores que concluye por despreciarse, por desear un castigo a sus pecados.

Bester ideó la novela en dos partes, construyendo un relato que visualmente es una uve invertida, lo que vendría a ser el ascenso y caída de Gulliver Foyle. La primera parte es deslumbrante porque describe las características del mundo futuro y presenta a los personajes. Aparecen entonces todas las grandes ideas que contiene el libro: el teletransporte ("jauntear", lo llaman), la telepatía, la colonización de los planetas interiores y exteriores, y un gobierno mundial, que Montesquieu definiría como aristocrático, pero Jefferson como mesocrático. Aún así tiene un cierto aire a Mercaderes del espacio, de Pohl y Kornbluth. Pero esto, como el hecho de que las "religiones organizadas" (no hay una que no lo sea de una u otra forma) estén abolidas, se trata con más detenimiento en la segunda parte.

Es ahí, en esa parte, donde Foyle se convierte en el Montecristo del futuro, que toma aquí el nombre de Fourmyles de Ceres, un pisaverde millonario, un payaso que deslumbra a la puritana e hipócrita alta sociedad, en medio de un thriller político, social y bélico -todo un torrente narrativo-. Y se produce entonces la frustración, el autodesprecio, la caída del Tigre. Como si se tratara de un folletón de Dumas, el desenlace tiene lugar en las últimas treinta páginas y, si apuro, en los párrafos finales. He leído esas líneas postreras varias veces para que no se me escape la visión del conjunto y, sobre todo, su significado (lo recomiendo vivamente).

He disfrutado mucho con esta obra de Bester, corroborando que las sipnosis y los comentarios de libros que sólo son resúmenes no son para mí y no merecen confianza.


domingo 25 de octubre de 2009

George H. White, Atención... platillos volantes, 2001 (1956).

Esta es la cuarte entrega de la saga Más allá del Sol. Y seguimos con la misma tónica de las novelas anteriores. Me reafirmo en que el amigo Enguídamos escribía para un público que había llegado a la CF sobre todo por el cine. Fue el gran momento de la serie B, y esta saga es un guiño constante a las películas que hicieron de la CF un género entrañable.

En este episodio White recurre al impacto que generó en el público español uno de los clásicos del celuloide, La Tierra contra los Platillos Volantes (1956), aunque, como en otros casos, el autor sólo recurre a ciertos tics sin caer en la copia de personajes o argumento. Queda la sensación de que Enguídanos hubiera sido un magnífico guionista de películas de serie B de CF, porque la trama de Atención... platillos volantes supera en acción y espectacularidad a la anteriormente citada.

En consonancia con esto, Enguídanos hace una referencia a Dios y a la Providencia que no hace en otras entregas de la saga, lo que recuerda menciones similares en otras películas de CF como la mítica La Guerra de los Mundos (1953). Incluso Arthur Welby, el protagonista, llega a hablar en dos ocasiones del "planeta cristiano", la Tierra, con un toque occidentalista que obvia al resto del género humano, lo que es un tópico de la época.

A pesar de que este cuarto episodio divierte -algo menos que el resto porque no hay nada que sorprenda-, a mí se me queda un sabor de boca amargo. Lo repito, creo que la presión laboral a la que se vio sometido Enguídanos perjudicó sus relatos, y se nota. Está escrito con demasiada prisa, como si fuera literatura de leer y tirar, sin más pretensiones. Falta moldear más a los personajes, que se quedan en estereotipos imaginados por el lector a falta de una construcción por parte del escritor. Cansa la superficialidad con la que se aborda la trama; no los temas científicos (no, por favor), sino esas situaciones, descripciones, diálogos y demás entramado que permiten una inmersión placentera en la historia.

El problema con el que me encuentro es el contraste con otros libros de la misma época y cuya lectura voy intercalando entre entrega y entrega de la saga. Ya sé que el pulp o la novela de a duro es otra cosa, pero no es éste un libro que recomendaría a alguien que esté fuera del fandom, y mira que ha sido una lectura muy buscada por mi parte -no sólo porque Enguídanos es uno de nuestros clásicos de la CF-, sino también por compararlo con otros escritores de los años cincuenta.