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domingo, 7 de septiembre de 2014

H. G. WELLS - El nuevo acelerador, y otros relatos (1998)

Lo malo de las ediciones baratas es que solo cuidan las formas, pero fallan estrepitosamente en el contenido. El producto –el libro- es tratado con indiferencia, como si diera igual con tal de tenerlo “empaquetado”. A estas alturas de mi vida quiero que un clásico tenga un buen y breve estudio preliminar, con notas del editor para explicar detalles, amén de una traducción decente. Ha coincidido que he leído al azar algunos artículos de Julio Camba recogidos en La rana viajera” y Un año en el otro mundo, de la Colección Austral. Deliciosos, pero no indicaba la fecha ni el periódico, con lo que el texto perdía sentido. Esto le ocurre al libro titulado El nuevo acelerador, de H. G. Wells, que publicó el diario El Mundo en su colección “Las novelas del verano”, allá por 1998. Ni un miserable prólogo –claro que leí el Lucía Etxebarría a “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, y casi es peor-, ni una nota de pie de página que indique el año de la edición de cada cuento.

Al buscar cada narración de Wells por internet, claro, vi que la BBC 4 había seriado esos cuentos. Qué maravilla.  Igualito que aquí, donde hablar de libros en los medios, incluida la red de redes, es cosa de “frikis”. No hay más que poner en el buscador “blogs de literatura”, y echarse a temblar.

domingo, 31 de mayo de 2009

H. G. WELLS - La guerra de los mundos, 1981 (1898).

Si hay un libro con el que tenga una relación especial en mi vida, sin duda es éste. Y no es porque la historia que cuenta Wells sea hoy especialmente ingeniosa o la narración trepidante, es que fue un librito que me abrió un mundo nuevo, el de la CF. El sentido de la maravilla que produjo en mí, un niño de trece años –cuando los trece años eran lo que deben ser-, fue inconmensurable. La pasión que me despertó por la aventura libresca es impagable. Luego pasaron otros textos, otros géneros, otras páginas, pero ninguno como aquél. Tan fue así que lo he comprado por tercera vez para releerlo. El primero lo perdí en el colegio. Recuerdo perfectamente la escalera, la sensación, el chándal azul, la camiseta blanca, la búsqueda, las caras de yonohesido, las preguntas al bedel, y la carrera hasta el quiosco para comprar otro ejemplar. Nunca lo dije en casa. Quizá temía la reprimenda. Ese ejemplar lo leí dos veces, la segunda en aquellos viajes en metro, de pie, junto a esas blancas barras que siempre estaban brillantes y grasientas. Este lo perdí sin saber aún cómo ni dónde. Pregunté a la familia, rebusqué en sus casas, y nada. Impaciente lo encontré en internet, en una librería de segunda mano, a menos de cinco euros.

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