Este es, probablemente, uno de los libros más tontos que he leído en mi vida. Debí figurármelo cuando e
n las primeras líneas leí “He dejado las pezuñas y los cuernos en la Oficina” y no se trataba de una broma. En mi descargo he de alegar que al indagar sobre la vida de Zelazny antes de leer Tú, el inmortal encontré pistas halagüeñas, como que le llamó Philip K. Dick para terminar Deus Irae, una novela que, claro, me lancé a buscar. Esa, y El señor de la luz. Es más, en algunas páginas web le presentan como uno de los estandartes de la New Wave, lo que no me llama, pero tal estatus le otorgaba a priori cierta calidad y originalidad; dentro de lo que cabe, evidentemente. Y no sólo eso: había sido agraciado con un premio Nébula, el de 1966, y fue finalista del Hugo ese mismo año. Todo indicaba que era una de esas novelas que ha
bía que leer. Bueno, pues no me ha gustado. Alguno pensará: “Éste no la ha entendido”. Oye, que Zelazny no es Kierkegaard.