domingo, 10 de abril de 2011

FREDRIC BROWN - Universo de locos (1948)

No puede haber título mejor cuando se está pasando una temporada en Roma: Universo de locos. Para un madrileño que vive en una ciudad cuadriculada en todos los sentidos, el impacto de una Roma que desde hace siglos ha hecho del caos un arte, es trastornante. Es preciso ira acomodándose a su ritmo, a su forma de hacer las cosas, a su gente, a esa improvisación constante que impide hacer un mínimo plan. Porque se trata, y parece mentira, de un universo paralelo. En apariencia todo es igual: somos latinos y occidentales, y tenemos la misma tecnología, edificios, coches, y la población se caracteriza por ese melting pot que ya es un hecho. Parece igual, pero no lo es. No creo en el destino, pero en ciudad capitalina, en el paraíso del caos, leí esta novela.

domingo, 27 de marzo de 2011

JACK WILLIAMSON - Los humanoides (1949)

Los robots son uno de los temas estrella de la ciencia-ficción, desde R.U.R. de Capek hasta la serie televisiva Cáprica, pasando por nuestro Gabriel revisitado de Domingo Santos. Y las historias han girado en torno a dos cuestiones: su cercanía a la naturaleza humana y, por tanto, los problemas existenciales –Yo, Robot o Sueñan los androides con ovejas eléctricas, por ejemplo-; y el dominio del hombre –Terminator o Matrix, por citar sólo películas-.

Todo esto se envuelve en el doble sentimiento, y contradictorio, que la Humanidad ha tenido hacia los avances científicos, siempre vinculado con el miedo al conflicto bélico y, de forma paralela, con el bienestar. Por un lado, el optimismo ante el avance imparable de la ciencia y la tecnología para la resolución de los problemas cotidianos y endémicos del hombre. Por otro lado, el riesgo de deshumanización que supone la robotización de todo.

domingo, 13 de marzo de 2011

CORDWAINER SMITH - Norstrilia (1975)

Si no has visto Futurama, no sé a qué estás esperando. Sus capítulos están repletos de guiños a obras clásicas de la ciencia ficción, y otras no tanto, e incluso a series y películas del género, como son los personajes de Star Trek. Coincidió que cuando estaba leyendo esta novela de Cordwainer Smith me dio por ver algunos episodios de Futurama. En uno de ellos, Fry, el protagonista, estaba enganchado a una bebida llamada Slurm, cuya fórmula secreta era que salía del culo de un enorme gusano. Y digo que coincidió porque Norstrilia es un planeta cuyos habitantes han hecho una fortuna gracias a una sustancia llamada Stroon, reclamada por todo el mundo porque confiere la inmortalidad, y que es un virus que producen ovejas enormes, gigantescas y deformes.

domingo, 13 de febrero de 2011

JOHN W. CAMPBELL - ¿Quién va ahí? (1948)

Al leer un relato de ciencia ficción que tiene más de cuarenta años, una de las primeras cosas que se piensan, o te dicen, es sí habrá envejecido con el tiempo, si se habrá pasado o caducado perdiendo su fuerza. En este caso,  además, el relato de John W. Campbell Jr. tiene que sufrir la comparación con la película El enigma de otro mundo (1951), dirigida por Christian Nyby y producida por Howard Hawks, y su remake, La cosa (1982), de John Carpenter. La verdad es que no ha envejecido demasiado, ni sale perdiendo con la comparación. La película de Nyby y Hawks está ligeramente basada en la historia de Campbell, y la de Carpenter, pegada más al texto, tiene unos efectos especiales muy antiguos.

sábado, 29 de enero de 2011

WILLIAM HOPE HODGSON - La Casa en el confín de la Tierra (1908)

¿Quién ha estado en un paraje apartado de un bosque, cuando el sol se oculta y el frío asciende del suelo húmedo, y los árboles parecen abalanzarse sobre nosotros, y no ha pensado en que era justo el momento en el que podía suceder algo? Ese algo escalofriante, revelador de una realidad paralela, desconcertante, pero al mismo tiempo atrayente. No me refiero al Wendigo de Algernon Blackwood, ni a los seres antiguos de Robert E. Howard, sino a algo que pondría en cuestión todas las creencias. Sí; son los miedos infantiles, ancestrales y totalmente irracionales que nos hacen vibrar con la imaginación. Porque piensa en un Universo paralelo al nuestro, con una entrada en lo más profundo del bosque, y que eres el único testigo del principio y del fin del cosmos. Todo esto lo he encontrado en esta obra de William Hope Hogdson.

Hogdson es uno de los escritores más interesantes con los que me he encontrado. Su trayectoria vital es parecida a la de Jack London, quizá porque ambos vivieron la misma época. Hodgson, que nació en 1877, pasó algunos años de su juventud en un barco, donde, al estilo de Arthur Gordon Pym, vivió rodeado de marineros rudos, lo que le sirvió luego para ambientar algunos de sus cuentos, los que la editorial Valdemar ha reunido titulándolos “Terror en el mar”. En los primeros años del siglo XX publicó sus grandes obras, como La Casa en el confín de la Tierra (1908) y El reino de la noche (1912), que cuenta la historia de un hombre del futuro que busca a su amada en una tierra llena de seres monstruosos. Se alistó en el ejército inglés al estallar la guerra en 1914, y murió dos años después en un ataque alemán. Por tanto, Hodgson pertenece a esa generación de escritores que desapareció en la Primera Guerra Mundial, no a los de la Lost Generation de Firzgerald, Hemingway y compañía, más joven que la anterior, sino a los que imbuidos de un viejo romanticismo acudieron a las trincheras a dar su vida por ideales y sentimientos.

La Casa en el confín de la Tierra comienza con dos jóvenes excursionistas que encuentran unas ruinas, y entre ellas, un viejo y mohoso libro. Sus páginas son el testimonio de un hombre sin nombre, que vive sólo, con su hermana y su perro Pepper, en lo más profundo de un bosque, y que es testigo de los extraños sucesos. La historia arranca cuando el protagonista cuenta que abrió sin querer la puerta a otro mundo. Inició así un viaje por las estrellas hasta un planeta desértico, rojo, con un sol en forma de anillo. Allí, en mitad de la nada, encontró su casa, pero construida con jade verde y más grande. Y como si se tratara de un viaje onírico, podía contemplar a Kali, diosa de la muerte, a Set, destructora de alamas, y a otros seres “absolutamente extraños, más allá de la capacidad de la concepción humana”. Pero el viaje se complicó cuando dentro de la casa vió a la “bestia-cerdo”, una de tantas, que trataron de matarle saliendo del abismo al pie de su casa, en la Tierra, lugar donde se encuentra la puerta al otro mundo.

Hodgson nos introduce poco a poco en la existencia de universos paralelos, y de fuerzas cósmicas que juegan con el tiempo y el espacio. El protagonista es condenado a ver velozmente el paso del tiempo, los millones de años que le permiten contemplar la muerte del Sol, la expansión de otra estrella, el fin de la Tierra y una especie de Big Bang. Esto último tiene su gracia porque Hodgson escribe en 1908, y la aplicación de la relatividad de Einstein a la astronomía se hizo en la segunda década del siglo XX, hasta la conocida teoría de Lemaître sobre el origen explosivo del Universo.  

La novela está bien construida, el protagonista es creíble, aunque quedan cosas sin explicar, y esto fastidia un poco, la verdad. Sin embargo, es un libro muy sugerente, repleto de elementos originales, propios de lo que luego será el “horror cósmico” de Lovecraft. Hodgson funde de forma amena el orden universal, las leyes físicas –tal y como se conocían a principios del XX-, el origen de las cosas y su fin, con el terror o el vértigo ante lo desconocido, hacia fuerzas incomprensibles, anormales e incontenibles. El libro se lee de un tirón; es más, es recomendable leerlo así para no perderse.  

domingo, 16 de enero de 2011

H. P. LOVECRAFT - El caso de Charles Dexter Ward (1927)

La noche de Halloween me hace gracia. Paso de los que dicen que es una americanada. Es divertido, y punto. Desempolvo mi careta de monstruo, me la pongo un rato, me río con la gente y procuro ver alguna película de terror, a ser posible del bueno. Aquella noche me puse La herencia Valdemar, un más que aceptable filme basado en el mundo de Lovecraft. Decidí entonces leer de nuevo El caso de Charles Dexter Ward, una de las novelas que más me impactó cuando era un chaval. El recuerdo más vivo que guardaba de esa primera lectura era la bajada al sótano de la mansión Curwen. Sencillamente espeluznante. Luego he visto que aquel episodio tiene cierto paralelismo con otro que tiene lugar en La casa en el confín de la Tierra, de William Hope Hodgson, autor que influyó en Lovecraft, y que reseñaré pronto.

La novela se titula “El caso” porque lo sucedido a Charles Dexter Ward (en adelante CDW) se tomó como un caso clínico de locura. Lovecraft utiliza uno de los recursos más usados en el género de terror, y en la literatura en general, que es el del testimonio. Se trata de ese libro recuperado, esas memorias o ese documento perdido, que es el grueso de la novela, y que podemos encontrar no sólo en la obra de Hodgson antes citada, sino en Poe y su Arthur Gordon Pym, entre otros muchos. Es más; el propio Lovecraft lo utiliza en sus otras dos novelas largas: La llamada de Cthulhu y En las montañas de la locura.

El estilo de construcción de la trama también es el propio de Lovecraft: la sucesión de piezas del pasado que van conformando un presente aterrador. Aparecen sabios alquimistas, nigromantes y perturbados, siempre vinculados con la vieja Europa, que buscan el conocimiento a través del contacto con seres del más allá, que les revelan los secretos de la naturaleza. Pero ese conocimiento no se encuentra en las fuerzas del bien, sino en las del mal. Y aquí está la variación característica de Lovecraft: no se trata de fantasmas o demonios, sino de seres de otro mundo que dominaron la Tierra más allá de la memoria, que esperan volver, y cuyo regreso será el fin de la Humanidad. El contacto con ellos se hace a través de ritos macabros y sangrientos, como en El horror de Dunwich. En El caso de Charles Dexter Ward no es Cthulhu, sino Yog Sothoth (por fin una nombre pronunciable del panteón lovecraftiano).

Al ser un “caso” clínico, el protagonista de la novela es el doctor Willet, un hombre ya maduro que trata al hijo de unos amigos. El hilo de la novela es el relato de la investigación que lleva a cabo para resolver el problema. CDW es genealogista, y lo que comienza siendo la búsqueda de la historia de sus antepasados, se acaba convirtiendo en una horrible pesadilla que se lleva la vida del chico y la de mucha gente. El antepasado que busca es Joseph Curwen, de Providence –lugar vinculado biográficamente con Lovecraft-, y que antes vivió en Salem. Curwen era un experto en ciencias ocultas que había logrado una longevidad antinatural, lo que le había granjeado primero la admiración de la gente, y luego el terror y la repulsión. Se había enriquecido con el comercio y la esclavitud, lo que le permitía tener una casa en las afueras donde realizaba sus experimentos y rituales. Su obsesión era ampliar conocimientos a través de la resurrección de muertos importantes y la posesión de objetos valiosos, como el Necronomicón, o el Objeto Oscuro hallado bajo la ciudad de Memphis. Curwen invocaba a Yog Sothoth y a “los del Exterior”. Esos conocimientos y resurrecciones podían afectar a la civilización, a las leyes naturales, e incluso ponían en peligro la suerte del sistema solar.

CDW quedó impresionado por la vida de Curwen, y pasó de estudiar su vida a imitarla; tanto que lo resucitó. Volvieron así los rituales nigrománticos y las invocaciones a los “los del Exterior”. Fue entonces cuando Willet, el doctor, volvió a la casa de las afueras, aquella que había recuperado CDW, y bajó al sótano, al pozo. La oscuridad, los gemidos guturales y el hedor, siempre el hedor lovecraftiano invadiéndolo todo para dar la sensación de maldad añeja, acompañaron el viaje de Willet a las profundidades de los experimentos de Curwen. Allí encontró una sala con monolitos a lo Stonehenge, con un altar en el centro, y otra sala con las sales y productos para las invocaciones. Estos descubrimientos permitieron a Willet conocer la verdad y dar una solución al problema. El final es perfecto, pero, como siempre, no lo voy a contar.

La entrañable película de Roger Corman, titulada El palacio de los espíritus (1963), quien por sentido comercial atribuyó el relato a Edgar Allan Poe y no a Lovecraft, poco tiene que ver con la novela. El irrepetible Vicent Price, con una personalidad tan desarrollada que siempre se interpretaba a sí mismo, llena por sí solo la cinta y es el actor ideal para dar vida a Joseph Curwen. Por tanto, la novela, a pesar del enorme atractivo que tendría por su ambientación y los temas tratados, además de las facilidades técnicas que hoy existen para recrear escenarios y grandes seres, sigue sin adaptación a la gran pantalla. La conclusión es clara: leed el libro, no os arrepentiréis. 

domingo, 26 de diciembre de 2010

ALFRED E. VAN VOGT - Razas del futuro (1956)

Y nosotros que estábamos tan emocionados con Battlestar Galactica y Terminator, con la idea pretendidamente original de una raza de ciborgs creados por el hombre, que asumen conciencia de su existencia, con independencia y autoaprendizaje, y que pugnan por su supervivencia frente al Hombre. Veíamos a esos humanos cibernéticos levantando una civilización, con su cultura, religión, costumbres y política propias, en lucha contra los hombres de carne y hueso; una civilización huída del planeta Tierra y enfrentada a su creador, al Hombre. Bueno, y resulta que Van Vogt lo había planteado en Razas del futuro.

domingo, 12 de diciembre de 2010

JACK FINNEY - Los ladrones de cuerpos (1955)

El tópico que persigue a esta obra es que se escribió contra el macarthismo. Es falso. Para empezar, las fechas no encajan. Jack Finney publicó su obra por entregas en 1954, y como libro un año después. A esas alturas McCarthy ya estaba totalmente desacreditado y abandonado tanto por los medios de comunicación como por los políticos; de hecho, el Senado de Estados Unidos lo censuró por 67 votos a 22. Es más; el mundo de la cultura ya se había rebelado abiertamente contra McCarthy un año antes. Arthur Miller estrenó su obra Las brujas de Salem en 1953 en Brodway con un enorme éxito.

Y es que la opinión pública quedó escandalizada tras la ejecución del matrimonio Rosenberg por supuesta traición en junio de ese mismo año. En conclusión; si Finney hubiera querido hacer un alegato contra el macarthismo en 1954, o contra el comunismo, lo hubiera hecho con mucha mayor claridad en la trama y en los personajes. De hecho, él siempre negó, incluso mucho tiempo después, que Los ladrones de cuerpos tuviera un tinte político.

Existe mucha confusión entre la película y el libro. Hay quien dice que la obra de Finney es antimacartista porque el guionista del filme lo firmó con pseudónimo. En este caso, de ser así, estaríamos hablando de que la censura al senador McCarthy y a la sociedad norteamericana partió del mundo del cine, no de la obra literaria a la que nos referimos. Y es que la novela de Finney y la película de Don Siegel de 1955 tienen diferencias notables. Las dos son obras maestras, pero distintas.

Jack Finney mezcla con habilidad dos géneros, como ya señaló en su día Stephen King: la ciencia ficción y el terror. Ya lo hicieron unos años antes John W. Campbell Jr. (Who goes there?, llevada al cine como La cosa de otro mundo, y que reseñaré dentro de poco) y H. P. Lovecraft (En las montañas de la locura o La llamada de Cthulhu). La clave de estas situaciones es la ruptura de la normalidad, de lo cotidiano. Luego aparece el desconcierto, la indecisión. Después llega la incredulidad, la negación de la realidad; es el momento en el que la razón intenta calmar las emociones. No puede existir algo que se escape de la racionalidad, de lo normal. Sin embargo, el lector sabe la verdad, produciéndose esa complicidad con el autor.

En la novela de Los ladrones de cuerpos la dinámica de las vainas alienígenas está mejor contada que en la película. Finney está interesado en darle más entidad al invasor, explicando de dónde vienen, qué son y cuál es su propósito. Se trata de esporas que vagan por el espacio buscando un planeta que colonizar. Cuando lo hacen, reproducen cualquier ser vivo. El duplicado es inestable y muere a los cinco años. Las vainas son cultivadas, y cuando llegan a su madurez se desprenden del suelo y salen al espacio exterior en busca de otros planetas. Es una especie en expansión, como cualquier otra.

Finney consigue que el lector centre su atención en el invasor, en su dinámica y recorrido espacial mucho más que el espectador de la película. Así, por ejemplo, en el libro aparece un profesor de Botánica y Biología, un tal Budlong, que es el primero en alertar en la prensa sobre la aparición de “inmensas vainas de semillas”, y que explica la teoría del origen exógeno de la vida en la Tierra según Lord Kelvin. Esta es una clave importante para justificar la llegada de esas semillas, y entender su final, que difiere del que Don Siegel dio a la película. 

Finney consigue también que la parte humana de la historia tenga más contenido; es decir, Milles, el protagonista, alude a la pérdida de aquello que nos hace humanos, como la ambición, la esperanza, la lucha, el amor o la amistad. En la película de Don  Siegel esto se traduce en el choque que produce la frialdad de los duplicados frente la exaltación de los humanos. El medio es distinto (novela y película) pero el éxito es el mismo.

No está de más leer el libro a pesar de que la cinta del recientemente desaparecido Kevin MacCarthy la hayamos visto muchas veces. Se descubren cosas nuevas, y se tiene una perspectiva complementaria. Se lee con agrado y soltura. Lo recomiendo.  


domingo, 28 de noviembre de 2010

FREDRIC BROWN - Marcianos, go home (1955)

He de confesar que mi inicio en la ciencia ficción se debió a los marcianos. Hablo de la invasión de esos seres del planeta rojo, esa fijación ensoñadora y aterradora que ha acompañado a los hombres al menos desde finales del XIX. No me refiero a hombrecillos verdes, cabezones, desproporcionados, medio lelos, sino a espeluznantes criaturas capaces de lo peor que, cómo no, acaban sucumbiendo. Y sentirse espectador, y superviviente, de una historia de este tipo no tiene precio. Ya hablé de mis lecturas infantiles de la obra de H. G. Wells en otra reseña.

Fredric Brown era otro tipo de escritor, con otras ideas sobre la vida y, por tanto, sobre la literatura. En la novela Marcianos, go home, Brown no nos habla precisamente de marcianos que tratan de cocinarnos, esclavizarnos o robarnos el planeta; no, sino de enanos verdes que vienen a burlarse de nosotros, a sacarnos de quicio violando nuestra intimidad, a partirse de risa aireando los secretos que creíamos seguros, y lo hacen en cualquier momento y lugar. Y no hay medio de pararlos porque son incorpóreos, ven a través de los objetos y se trasladan en el espacio a mucha velocidad (lo llaman “kwimmar”). Vienen a reírse, y se lo hemos puesto muy fácil.
Brown juega desde la primera página a hacernos creer en los marcianos, para luego dejar el asunto de su existencia al juicio risueño del lector. De esta manera, comienza diciendo que debimos estar atentos a las señales, a las novelas que como la de H. G. Wells nos anunciaron lo que podía pasar, o a programas de radio como el famoso de Orson Welles de octubre de 1938 –muy presente en toda la novela-. Precisamente, el protagonista de Marcianos, go home es un escritor de ciencia ficción llamado Luke Deveraux, un hombre que ha perdido la inspiración y que se ha refugiado en una casa en mitad del desierto para ver si se le enciende la luz. El tipo bebe, bebe mucho, y un mañana de mayo alguien llama a su puerta. Es un hombrecillo verde, de unos 75 centímetros de altura. “Hola, Mack (porque los marcianos llaman Mack a todos los hombres, y Jane a las mujeres). ¿Es esto la Tierra?”.
La llegada de los marcianos supone el fin de la intimidad. Brown insiste mucho, porque es gracioso, en el problema que dicho asunto supone para el sexo: tener espectadores baja el índice de natalidad. Pero no sólo esto: los enanos verdes arruinan cualquier tipo de reunión social, especialmente los espectáculos y los medios de comunicación. Se acabó el teatro, el cine, los deportes y la radio. Ya no hay secretos en la pareja, entre amigos, ni en la política, las empresas o el ejército. La crisis económica es completa. Es más; la ciencia ficción deja de interesar –el marciano está en casa-, y los lectores se pasan a las novelas del Oeste y a las de detectives.
El capitalismo sufre una crisis económica gravísima, pero el comunismo, basado en “la Gran Mentira”, se desmorona. La guerra no es posible porque no hay secretos, pero tampoco las revoluciones porque “ni siquiera el más fanático de los revolucionarios deseaba el poder en aquellas circunstancias”. Y Brown va encadenando historias particulares para ilustrar lo “castigado, burlado, perseguido, impotente, maniatado, mortificado y sacrificado” que se sentía el hombre de la calle.
Pero no todos creen que sean marcianos, ni están seguros de sus propósitos. Las Iglesias piensan que se trata de demonios enviados por Dios para castigar al hombre, y hay quien cree que han venido para darnos una lección sobre la paz en el mundo –hoy sería para que cuidemos el planeta-. Los marcianos se acaban yendo, no voy a contar por qué ni cómo para no machacar al futuro lector, pero sí puedo apuntar que el final queda en suspenso y cargado de ironía. El estilo de Marcianos, go home me ha recordado el de dos escritores contemporáneos, Jardiel Poncela y Karel Capek; con esta obra que ironiza sobre la pretendida seriedad del género de la ciencia ficción, en una línea que comenzó en otra de sus novelas, Universo de locos (1949).

Esta narración de Fredric Brown se puede interpretar como un ensayo sobre el derecho a la intimidad como pilar de la sociedad humana y, por tanto, necesario para el equilibrio mental del hombre. Curiosamente, el Estado no tiene un papel significativo, sino que la iniciativa para terminar con el problema de la presencia marciana parte principalmente de la iniciativa individual. A destacar la ingenuidad creíble de la ONU descrita por Brown.
Si yo fuera tú, seas marciano o no, la leería.

domingo, 14 de noviembre de 2010

JACK VANCE - Los Chasch (1968)

Uno de los lugares de mi memoria comiquera es El Aventurero; ahí, en la calle Toledo, cerca de la Plaza Mayor, en Madrid. Me pillaba cerca del Instituto. Su escaparate era la frontera entre los mundos que desde dentro me tentaban y mi maltrecho bolsillo. Pero llega el día en que el bachillerato acaba, y la vida cambia, comienzan cosas nuevas y otras simplemente las dejamos atrás. En mi caso fueron los cómics. No recuerdo bien cómo era el tendero que sesteaba detrás del mostrador. Quizá era un tipo delgado, con un bigotito a lo Antonio Resines, camisa de manga corta metida por dentro del pantalón, de esa especie humana que levanta una ceja cuando entras en la librería y te mira con ese gesto de “Te tengo calao, chaval. Sólo vienes a ojear los tebeos”.

domingo, 31 de octubre de 2010

DAMON KNIGHT - Tiranía universal (1964)

Presento aquí uno de los peores libros que he leído; tanto, que no sé por dónde abordar la crítica. Puedo decir que es un buen planteamiento desaprovechado o mal resuelto. Que el desarrollo es anodino y prescindible, los personajes tontos y el escenario incoherente. No hay nada que sorprenda, emocione o haga reflexionar. Es más; según iba leyendo disminuía la esperanza de entender el sentido del título en español, Tiranía universal, o en inglés, que primero fue The People Maker y luego A for anything, y al final me quedé con las ganas. He dejado pasar unos días desde que terminé el libro y aún no he pillado el por qué del título. Es como si se tratara de una enorme broma particular, o que lo puso a boleo.

domingo, 10 de octubre de 2010

ALFRED E. VAN VOGT - El viaje del Beagle Espacial (1950)

Hay varias maneras de abordar este libro. Una de ellas es verlo como el fundamento de Star Trek, otra es tomarlo como una especulación sobre la evolución de las civilizaciones, y una más podría ser la de una reflexión sobre el conocimiento científico. Es más; podríamos encontrar un vínculo que una todas esas maneras: los viajes de la Enterprise, según reza la entradilla de la serie de TV, tienen como objetivo el encuentro de “nuevas civilizaciones”, primando la lógica y la ciencia sobre la violencia.

domingo, 26 de septiembre de 2010

EDMOND HAMILTON - Los reyes de las estrellas (1947)

En una reseña formal se comienza hablando del autor, ya sea de su personalidad, estilo, obra, influencia o entorno, e incluso se puede iniciar con alguna anécdota que reúna alguna de las características anteriores. Es la típica introducción que contextualiza la obra reseñada, y que permite tomar distancia con un simple e infantil resumen. A partir de ahí hay que desvelar todo, como la solidez de los personajes o la lógica de la trama; sí, es bueno contar todo, todo menos el final.

Por una vez, seamos formales. Edmond era el típico fan que ansiaba emular a alguno de sus admiradores escritores pulp, entre ellos a H. P. Lovecraft. Por eso, su primer relato fue uno de terror. Consiguió entrar en Starling Stories, una de las revistas de aquella época, para la que creó al Capitán Futuro, gracias al cual se forjó una reputación. A todo esto, el Japón imperial bombardeó Pearl Harbour, en 1942, y cambió la vida de los estadounidenses para siempre, también la de nuestro escritor.

domingo, 12 de septiembre de 2010

ROBERT SILVERBERG - Alas nocturnas (1968)

Tenía que leer algo de Robert Silverberg; ya tocaba. La verdad es que novelas como Muero por dentro, o El libro de los cráneos, no me llamaban la atención. En cambio, apunté dos: La Torre de Cristal y Alas nocturnas. De esta última leí una reseña muy elogiosa en el Sitio de Ciencia Ficción. Y es que me van más las historias con un toque de aventura, de ensoñación, de maravilla, a las que ir para alejarme del mundanal ruido. Alas nocturnas cumple esa condición.

La narración de Silverberg combina la descripción de un mundo medieval surcado de razas puras y mestizas, con el enigma latente de una posible invasión extraterrestre. El conjunto está muy logrado. La descripción de las castas por profesiones, al estilo de gremios que en la novela reciben el nombre de “hermandades”, es muy sugerente. Silverberg sólo apunta algunas para dejar en el aire todo un abanico de posibilidades. Así, en esa Tierra futurista y medieval, nos cruzamos con vigías, mercaderes, defensores, peregrinos o memorizadores (que serían una especie de historiadores orales).

domingo, 29 de agosto de 2010

ARTHUR C. CLARKE - El centinela (1953)

Clarke no es uno de mis escritores favoritos. Posiblemente su corrección científica sea encomiable, no lo dudo, pero sus dotes literarias son menores. Le falta tensión narrativa y los personajes carecen de profundidad. Sus relatos son fríos, descriptivos, como si fueran documentales de la BBC: impecables, pero carentes de chispa. Así es El centinela, el cuento corto que constituye el origen de una de las historias más famosas de la ciencia ficción: 2001: una odisea del espacio.

La historia es sencilla. Un hombre de una base lunar descubre algo que brilla en una de las montañas lunares. Un día decide emprender una excursión con un amigo. El ascenso es complicado, y cuando culmina la cumbre encuentra una pirámide

sábado, 14 de agosto de 2010

POUL ANDERSON - Llamadme Joe (1957).

Leí en el blog El fin de la Eternidad, de mi compi galáctico Lino Moinelo, que James Cameron había basado su Avatar en un cuento de Anderson; luego he leído lo mismo en otros sitios. Yo me resistía a ver la película. El engaño del 3D y la atosigante campaña de publicidad no me seducían. La trama de la cinta tampoco era de mi agrado, pues encajaba con la tontería ecoprogre que nos rodea. Otros tipos decían que Cameron se había basado en unos relatos de los hermanos Strugatsky –ya hablaré de estos soporíferos autores soviéticos-. Incluso algún perturbado afirmaba que se trataba de una americanada, lo que no deja de ser irónico al hablar de un género, el de la ciencia ficción, que no sería prácticamente nada sin los autores y la industria anglosajonas. Como siempre decido por mi cuenta, encontré el cuento de Anderson titulado Llamadme Joe, y vi la película de Cameron a continuación.

domingo, 25 de julio de 2010

JACK WILLIAMSON - La legión del espacio, 1976 (1934).

Si no llega a ser por el e-book es muy probable que este libro no lo hubiera leído nunca. La mayor ventaja de este gadget es la facilidad para acceder a obras descatalogadas hace décadas y que tienen una difícil reedición.

Lo que me llevó a esta novela fue que, por un lado, Jack Williamson es uno de los grandes de la CF de la era pulp, y que, por otro, aseguraban que La legión del espacio es uno de los relatos que inspiraron el entramado de La guerra de las galaxias de George Lucas. Ya sé que Star Wars tiene muchas fuentes, pero ésta tiene su gracia.

lunes, 5 de julio de 2010

GEORGE H. WHITE - Raza diabólica (1955)




Es la última entrega de Más allá del Sol, esa otra serie de Pascual Enguídanos, el creador de La Saga de los Aznar. El héroe de esta serie es el doctor Arthur Welby, que se encuentra de forma incomprensible protagonizando todos los pasos decisivos de la Humanidad en el descubrimiento, guerra y derrota de los hictitas, la raza diabólica. Sin embargo, en lugar de teorizar sobre lo absurdo de que un doctor de pueblo capitanee expediciones espaciales, se convierta en espía del cual depende la Tierra y decida la estrategia contra un Imperio alinenígena, es preferible suspender momentáneamente la razón y disfrutar con el sentido de la maravilla.

domingo, 20 de junio de 2010

LEIGH BRACKETT - La espada de Rhiannon, 1977 (1953).

Pedí este libro a La Tarde, una librería madrileña que ahora se ha instalado cerca de la Plaza del Dos de Mayo. Fue una auténtica odisea. Pillé entre medias unas fiestas y un puente típicamente español, de esos de cuatro o cincos días, amen de que el individuo de Correos decidió que yo no vivía en mi casa y devolvió el libro. Llamé un par de veces a los pobres libreros, que me perjuraban por los anillos de Saturno que lo habían enviado, y terminaron lamentándose sobre el errático trabajo de los carteros. Ahora bien: la espera mereció la pena. Pocas veces he disfrutado tanto con un libro.

domingo, 6 de junio de 2010

JERRY POURNELLE - El soldado, 1989 (1978)


No soy aficionado a las películas del Oeste; en general me cansan. Sin embargo, hay películas como “El hombre que mató a Liberty Valance”, o las venganzas protagonizadas por Clint Eastwood, que me gustan. ¿A quién no le excita un buen ajuste de cuentas? Bueno, pues El soldado de Jerry Pournelle arranca como si fuera un western, donde los personajes, el entorno y la trama parecen arrancados de alguna escena holywoodiense de indios y vaqueros. Y es que todo el planeta Arrarat, donde Pournelle sitúa esta precuela de El mercenario, es un lugar donde se combina el Viejo Oeste de EEUU, el París del Medioevo y “unas gotitas de las Mil y una Noches”.

domingo, 23 de mayo de 2010

EDGAR ALLAN POE - La narración de Arthur Gordon Pym, 2009 (1838)



Dos cosas interesantes se pueden hacer con este libro. Una de ellas es leerlo sin pensar que lo escribió Edgar Allan Poe, lo que libera de prejuicios para la crítica. La otra es más una cuestión de aficionado a la CF, y que consiste en sustituir los objetos marítimos y navieros por los propios de la space opera. Es decir; donde aparece “barco”, “isla” y “cuchillo”, leer “nave estelar”, “planeta” y “fáser”. Los dos experimentos son gratificantes. Con el primero, ignorar que es una obra de Poe, se puede ajustar la novela a una nueva dimensión; y con el segundo nos volvemos a dar cuenta de que lo que realmente hace a una novela grande es la historia humana y no la actualidad del entorno tecnológico.

domingo, 9 de mayo de 2010

H. P. LOVECRAFT - El horror de Dunwich, 2009 (1929).

Era uno de esos pequeños libros de una colección tan memorable como efímera. Me refiero a Alianza Cien. La idea no era mala: pequeños libros, verdaderamente de bolsillo, a cien pesetas. A mi me gustaba el formato; podía llevarlo a cualquier sitio y era barato. Entre los pocos números que salieron estaba El horror de Dunwich, cuando ya la editorial estaba aquejada por el mal del ilustrador iletrado; es decir, el que ilustra sin haber leído la novela. Sin embargo, para leerlo por segunda vez compré la última edición de Alianza, la de 2009, que tiene una introducción de August Derleth que merece la pena.

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